Hubiera querido mentir que el huracan me rozo la frente mientras esa toda gente confundida entre cables electricos trataba de mantener la boca cerrada, no tan abierta, al dar tanta vuelta alla arriba entre ganado longhorn, camionetas chevy y pinos ponderosa, en esa batidora que fue el cielo, milshake de frambuesa con chispas de color, pero no puedo. Nunca les vi el vertigo ni las mariposas en la boca del estomago jugando al ajedrez, ni siquiera esa anonimidad paisajistica de muchedumbre en ruinas, de mercado, de hormiga, de etcetera. Hubiera querido exagerar ademas, que vi rayos que sonaban tres horas despues, que los perros ladraban desde hacia cinco dias, y que las noticias mostraban un enorme mounstruo verde, pero no seria exagerar sino verdad. Y para verdades, los bomberos.
Mas bien fue, que cuando vino, si vino, porque vino, yo dormía; pero cuando volvio a venir, esta vez, aun continue en la dormidera. Porque era noche y porque un huracan pasa dos veces, como veran, y uno ni se entera que el aire tuvo ganas de espiral de nube con olor a mar, a no ser que se viva en Galveston y se le metan a uno esas ganas locas de ser mejillon, ostion, pejesapo, y decida no evacuar la isla, sino quedarse a tomar fotografias bajo el agua. Y es que encuentro adorablemente heroica la trista historia de tanto muerto documentado, documentante, fotografo, historiador, flotando blanco entre los corales de botas y petroleo de la bahia, celular en mano justo a click, de pantallitas turquesas de tanta marea alta, con el flash perdido en el ojo de la beluga.
Sea aun más que me quede sin luz, y entre el humo ceroso de la noche y el calorcito mosquitero del dia, nunca me entere si era mi comida a la leña de marco, si era el vecino con su barbecue, o si era uno mismo en toda su humanidad, en todo su escatol y ser constante, la fuente de tanto olorcillo a pino, a bacon y a charquito de agua. Amen. Que pinté mucha mujer desnuda y descubri con felicidad que no a falta de una, sino por vocacion de geometra confundido. Que me hize una mesa con mi artesania de scagliola que no sirve para nada, color de ocre de francia, soforouge que me tiñó todas las ropas que hasta el dia de hoy no he lavado, por rebelde, por manso, por humilde, por snob, por pura paradoja, porque no puedo creer que todo se haya normalizado, asi sin anestesia, vaselina, saliva - como quien vulgariza la cuestion - esta tediosa de la realidad sin ocres, ni embotellamientos ordenados de transito.
Y no sé como pasa pero sucede que tanto descanso a uno termina agotandole la virilidad, el genio, y tanta paz termina por inquietarnos, necesitando uno al final del descanso, un masaje relajante, un violento timonazo, su dosis de masoquismo, trabajo pagado y dolor telefonico, para ser tenso, sufrir y ser feliz desde este Lunes que me guiña el ojo izquierdo, con toda su recesion, con todo su Adan, su Tarzan, su pequeño Boy, y uno baritonando al Weismuller que existia, con todos sus edificios, sus carteles, pero con sus promesas, con sus casa de hindues que pagan porque quieren, y con mi angelita del cafe germano-peruviano, sus ensaladas temibles de zuccini, y sus agendas colaterales donde dice "hacer el amor el jueves, pero no el domingo porque causa cancer", adorable con su té de anís con sorpresa metabolica que hace que el más fuerte se doblegue, entregando las entrañas a la tierra, pero siempre besable con su chorizo español, su tortilla mexicana que me ama, y sus
porqués, sus
deveras, sus
enserios, sus caderas, sus pupilas, su nota zen, su nota señorita
deamentiras, su belleza oriental, sus todavias.
Lo que quise decir desde el principio: el huracan vino en forma de mujer y se ha quedado.